La Gran Declaración de Libertad


14…15…16…17……18¡¡¡ 18 años. Cuando somos adolescentes, anhelamos la fecha de nuestro cumpleaños número 18. En la gran mayoría de los países occidentales, esta edad es sinónimo de libertad, independencia y autonomía. Es la edad en la que tenemos el poder para tomar nuestras propias decisiones.

Es interesante observar que desde los doce años aproximadamente los psicólogos y los padres señalan que comienza la “edad complicada” de la adolescencia. Recordemos cuando pasamos por esta edad. De algún lado desciende a nuestros corazones el deseo de hacer lo que deseamos. Ya terminó el tiempo de ser “tontos” y obedecer en todo lo que nos dicen. Los adolescentes más famosos de la escuela y los respetados son los rebeldes, y no podemos caer en la categoría de los buenos.

En la medida en la que vamos creciendo, las series de televisión nos muestran el ideal de un joven adulto contemporáneo. Este es el prototipo: una persona cercana a los treinta años, con estudios que sirvan para darle cierto prestigio y sobre todo el dinero que necesita para cumplir sus sueños realidad. Automóvil para salir donde y con quien desee. Una casa propia para invitar a las personas que quiera. Es el prototipo de un joven exitoso en el siglo XXI.

Ahora, imaginemos la antítesis del ícono anterior. Imaginemos alguien cerca de los treinta años pidiéndole permiso a su padre para hacer lo que desea. Quizás lo consideraríamos algo patológico y anormal. Suena muy extraño imaginarnos a una persona de 30 años preguntándole a su padre: “¿papá, puedo ir a tal lado? Lo consideramos totalmente extemporáneo

En relación a lo anterior siempre me llamó la atención una de las parábolas más famosas de Jesús: “la parábola del hijo pródigo” (Lcs 15.11-32). Cada vez que la leía era estupendo ver la restauración que el Padre efectúa en la vida del joven, pero algo me hacía ruido. ¿Cuál era el pecado, tan terrible del hijo menor, para haber merecido una vida fuera del hogar tan degradada? ¿En ninguna parte del relato decía que antes de salir del hogar asesinó a alguien, o secuestro. Hasta que Dios trajo a mi corazón la revelación de esta palabra.

“Un hombre tenía dos hijos –continuó Jesús–. El menor de ellos le dijo a su padre: ‘Papá, dame lo que me toca de la herencia.’ Así que el padre repartió sus bienes entre los dos. Poco después el hijo menor juntó todo lo que tenía y se fue a un país lejano; allí vivió desenfrenadamente y derrochó su herencia.” (Luc. 15:11-13 NVI)

El Hijo Pródigo

Había una vez, un padre que tenía dos hijos, ambos deben haber tenido alrededor de 20 años, solteros. Este padre era un hacendado, quien tenía mucha riqueza. Tenía muchos criados a quienes no les faltaba nada. No obstante en un momento, su hijo menor le pide que le entregue la parte de los bienes que por ley le pertenecen. El hijo ha permitido que en su ser nazcan deseos de independencia, por eso solicita su parte de los bienes. El sabe que para hacer efectiva su voluntad, necesita tener dinero y bienes, por eso ya no desea que su padre administre lo que le pertenece por ley, sino que desea comenzar a administrarlo bajo su propio criterio. Algo ha pasado en su vida para gatillar esta decisión. La vida en la casa del padre se ha vuelto tediosa,  teniendo que estar sujeto a las reglas de la casa. Se ha convertido en una verdadera carga seguir viviendo con su padre. El padre accede a otorgarle toda la parte de los bienes que le pertenecen. El hijo menor prepara su salida, y luego de unos días de haber recibido su parte y juntar todo lo que le pertenece, se va lejos, a una región lejana donde pudiera hacer su voluntad.  En esta provincia lejana, vive una vida pérdida, malgastando todo aquello valioso que le había sido entregado. A esta pérdida de todo lo que tiene, se suma el hecho de que en la región lejana a la que se había ido, vino una crisis económica, a tal punto que no tenía trabajo, ni dinero ni siquiera para alimentarse.

La ley judía decía que si un compatriota judío estaba pasando por un mal momento, no se le podía negar la ayuda. Se le debía contratar y dar trabajo, pero el joven sabía que si volvía a su ciudad actual, alguien le daría trabajo, pero prefirió vivir lejos, haciendo su voluntad viendo si se abrían oportunidades en esta tierra lejana. Incluso con todo lo que le acontecía, prefirió no volver a su ciudad, y pedir trabajo en esta provincia extranjera.

Cabe recordad que este joven había visto de cerca el trabajo de los siervos, en la casa de su padre había muchos, pero estos criados siempre estaban bien cuidados y nunca les faltaba nada. Dentro de las reglas que había en la casa de su padre estaba el dar descanso, una vez a la semana, además de asegurarles una buena alimentación. Sin embargo, en la hacienda en la que se encuentra, donde halló un trabajo,  es todo lo contrario. No hay días de descanso, y no había alimento para los trabajadores. El pensó que las cosas funcionaban igual a la casa de su padre en todos lados, pero se equivocó. En esta hacienda se transformó en un esclavo.

Comenzó a vivir entre pecadores y leyes injustas, enviándole a realizar  trabajos que ni el esclavo más bajo en la casa de su padre realizaba: criar cerdos. Es más, en la casa de su padre era muy mal visto el cuidar cerdos, de hecho, no se hacía. Estaba esclavizado. El patrón que tenía ahora ni siquiera le daba alimentos, por eso, era tanta el hambre que tenía, que deseaba comer lo que tenían los cerdos. El patrón que tenía ahora era un tirano, porque el joven trabajaba para él, pero este ni siquiera le daba de la comida que les daba a los cerdos. Todo esto hizo al hijo caer en lo más bajo, ahora vale menos que un animal y se convierte en un inmundo, sucio  y vil hombre. Todo estaba perdido antes de llegar a los veinte.

Sin embargo, un rayo de lucidez atraviesa los pensamientos del joven. En la miseria más grande, comienza a recordar los momentos vividos en la casa de su padre, reminiscencias de la gran abundancia que hay en la casa de su padre surgen desde su memoria. Las algarrobas le hacen recordar las diferentes clases de comida que hay en la cocina que los criados preparan diariamente. Recuerda las grandes fiestas que realizaba su padre, donde los invitados disfrutaban de la hospitalidad del padre, entre risas y abrazos, en contraste con el humillante trato que le han dado en tierra extranjera. Aun los acordes de la música de fiesta resuenan en su recuerdos, mientras el está en lo más bajo. De repente el instinto de supervivencia es mayor en el joven.El joven anhela sobrevivir, necesita satisfacer sus necesidades más básicas: se está muriendo de hambre. En toda esta reflexión el joven ha comprobado algo: las normas que regían la casa de su padre, que él consideró pesadas y de las cuales quiso escapar, son buenas, son justas. En la casa del padre hay abundancia. Por eso, al ver su estado de extrema hambre decide emprender el viaje de regreso. El viaje del arrepentimiento.

Pero algo sucede mientras va camino de regreso, camino a la casa de su padre.  Empieza a entender más profundamente su error. Emprendió el camino de regreso para poder sobrevivir, pero mientras vuelve, comenzó a comprender el alcance de su decisión de salir de la casa de su papá. Mientras está volviendo, el recuerdo de la casa de su padre comienza a conmover su corazón profundamente. Viene a su memoria el ambiente que se vivía en su casa, la alegría que se respiraba, la abundancia, casi lo puede sentir, y esto hace que su corazón se contraiga de dolor por el recuerdo de su padre. Las imágenes de recuerdo de lo vívido con su padre lo conmueven. Recuerda sus sonrisas, su amor sin medida, su aroma tan particular, que le infundía seguridad. Contempla en sus recuerdos aquel hombre íntegro, fuerte en quien encuentra protección, y amor sin igual. Algo se despierta en lo más profundo de este joven. Se hace consciente de su pecado. ¡Entiende que gran error ha cometido¡ Mientras está más cerca de la casa de su padre comprende la magnitud de su error, y que no tiene vuelta atrás, por la ley era implacable con lo que había hecho. Ya había perdido sus derechos de hijo. Su vida ya nunca más podría volver a ser la misma. No podría disfrutar a aquel hombre como un padre. Nunca más sus abrazos serían lo mismo. Había malgastado lo más precioso que podría haber tenido alguna vez. Por esto, ahora el hijo sólo desea ser tratado como un siervo más. Sólo implora ser uno los criados. Su decisión había arruinado su vida, pero anhelaba solo vivir…

…Su padre miraba por el camino, cuando de repente sucedió algo inesperado. En el fondo del camino, una silueta hace que su corazón se estremezca. Es la silueta de su hijo. Y viene totalmente destruido, miserable. Al verlo se siente tan conmovido al apreciar la miseria, que no puede aguantar y sale corriendo rápidamente en busca de su hijo. El padre se olvida de su dignidad, ya que él fue pasado a llevar, pero no le importa.

Ese momento del encuentro fue único. Su padre sólo desea demostrarle cuanto le ama. Corre para darle las más profundas muestras de afecto y amor. Besándolo en la mejilla lo acoge nuevamente como a su hijo. En ese encuentro, el joven hablando de su corazón, con la voz quebrada y la garganta apretada le dice: papá, he pecado contra el cielo y contra ti, ya no soy digno de ser llamado tu hijo….” Sin embargo su padre no deja que termine la frase. A su padre no le importa cumplir los requisitos formales, ya que desde antes ya lo había perdonado. Sin embargo sucede algo que el hijo no esperaba. El padre trata de reponerse de la emoción y él sabe que comenzará a hablar. El no sabe si lo dejará ser su criado.

Sin embargo su padre levanta su rostro y está lleno de una alegría desbordante. Es uno de los mejores días de su vida. El padre no le demostrará a su hijo su perdón con palabras, diciéndole “hijo, te perdono”. Él lo evidenciara con acciones. No le pide cuentas a su hijo, no le pone condiciones, no fija períodos de prueba para verificar con cierta inseguridad. El padre declara emocionado pero con firmeza “Pronto. Traigan la mejor ropa para vestirlo”… el joven se emociona y sorprende porque sabe que esto significa que  un convidado de honor en su casa. A su vez añade el padre añaede “Pónganle también un anillo en el dedo” …el joven sabe que el anillo lo capacita para proceder y ejercer autoridad como hijo, una vez más. Finalmente el padre señala “pongan sandalia en sus pies”…las sandalias lo declaran una vez más un hombre libre. Los esclavos eran aquellos que andaban descalzos. Pero la misericordia del padre no llega solamente hasta acá. Llama a una gran fiesta en honor de su hijo menor. Y esta fiesta comienza con el sacrificio de un cordero. Antes de comenzar la celebración formalmente, el padre reúne a todos sus convidados porque necesita hacer una declaración, está  totalmente desbordado por la alegría. Con su hijo que ha vuelto a su lado, le declara a todos: “Comamos y hagamos fiesta, porque mi estaba muerto, pero ahora ha revivido, se había perdido pero ya lo hemos encontrado”. Y comenzó la fiesta.”

¿Por qué hacer lo que dice papá?

Esta historia es el reflejo de muchas de nuestras vidas. Hemos vivido en la casa de nuestro padre celestial. No podemos negarlo, hemos tenido todo. Su amor nos envolvió todos los días. Siempre había abundancia, pero permitimos en nuestras vidas deseos de independencia. Comenzamos a decir ¿Por qué esto tiene que ser así? ¿Por qué mi Padre no me deja hacer lo que yo deseo? ¿Por qué me tengo que sujetar, si legalmente puedo tener la voluntad de hacer lo que yo deseo? Cuando anidamos estos pensamientos en nuestro corazón, albergamos la independencia de Dios, el hacer nuestra propia voluntad, el ser dioses para nosotros mismo, la rebeldía, el orgullo, el primero de todos los pecados, lo que hizo caer al ser espiritual más perfecto que ha sido creado, que también hizo caer a la obra maestra de la creación física de Dios: Adán y Eva.

Queremos entenderlo todo algunas veces. Y cuando Dios nos dice que hagamos algo que no entendemos, o que encontramos injusto y cuestionamos a Dios, entramos en rebelión. Finalmente terminamos cuestionando al mismo Dios y sus propósitos. De hecho, un buen concepto de pecado es “desviarse de la voluntad de Dios”.

¿Independencia = Libertad?

Es en este momento donde muchos hijos toman la decisión más terrible de todas sus vidas. Salir de la casa del padre. Hacer su propia voluntad. No estar sujetos a la voluntad de alguien más. Cuando decidimos hacer nuestra voluntad, aparte de la voluntad de Dios en la vida es cuando dejamos de ser hijos de Dios, ya que los hijos de Dios son aquellos que se dejan guiar por su espíritu. El hijo pródigo, una vez que recibe sus bienes pierde su condición de hijo. Ahora es independiente.

Salir de la casa del padre, corresponde a salir de la autoridad de Dios y por ende, salir de la cobertura, de la protección que Dios ejerce en nuestras vidas. Ya Dios no está para bendecir nuestras finanzas, nuestras familias, nuestras decisiones, nuestros proyectos. Es una pseudolibertad. El hijo pudo hacer con sus riquezas (su voluntad) lo que él quiso. Hizo su voluntad sin frenos. Sin embargo, la voluntad del ser humano, ejercida fuera de Dios, es esclavitud. El joven pensaba que en la casa del padre era un esclavo, pero no entendía que cuando estaba fuera de la casa del padre era cuando en verdad vivía la esclavitud. Muchas veces pensamos que cuando ejercemos nuestra voluntad fuera de Dios, somos verdaderamente libres, sin embargo, esa es la verdadera esclavitud. Al ejercer su voluntad fuera de la voluntad de Dios, el joven perdió todo lo que tenía. Cuando estamos lejos de la voluntad de Dios, perdemos los sueños, los anhelos, las riquezas, todas las bendiciones de Dios se esfuman, y entramos a estar “bajo el abrigo” de Satanás. Nos transformamos en sus esclavos, donde  puede hacer lo que desee con nuestras vidas.

Independencia = Esclavitud

Cuando hubo una gran hambre en la tierra, vino la escasez y el joven quien no tenía nada, comenzó a sentir una gran hambre. Vemos que buscó trabajo, y encontró trabajo en una casa, totalmente diferente a la casa de su padre. En esta casa el ya no era hijo, era un esclavo. Y el dueño de esa casa, lo mandó a criar lo más bajo e inmundo: los cerdos. Este nuevo dueño se llama Satanás, y esclavizó al joven. Es interesante ver al joven  que trabajaba, pero en este trabajo no le daban alimentos. Dice que deseaba comer lo de los cerdos, pero ni esto le daban. Satanás esclaviza, pero no da de comer. Estos cerdos representan la vida de pecado lejos de Dios: la vida autónoma de Dios.Esa vida en la cual no hay libertad.

Hay un paralelo interesante. Tenemos dos opciones: La casa del Padre (Dios) o la casa del tirano (Satanás). En la casa del Padre hay normas, que se deben respetar como en todo hogar, pero es hijo, no esclavo, puede disfrutar de todo. Tiene autoridad, puede crear. Es libre. En la casa del tirano, el es esclavo, no puede ejercer su voluntad, esta esclavo para apacentar cerdos, es decir, estar inmerso en la suciedad. Junto a esto hay escasez.

O somos libres en nuestra voluntad en la casa del Padre, sujetándonos a ciertas normas, o seremos esclavos en la casa de Satanás.

Obediencia: ¿Pero si no lo entiendo?… ¿Pero si es injusto?

Sin embargo, ¿que sucede cuando sentimos que en la casa del Padre él permite cosas que no nos gustan, o su voluntad  va contra nuestra voluntad? El mismo joven consideró que ciertas cosas en la casa de su padre no eran buenas. Cuestionó ciertas reglas. Se preguntaba ¿Por qué no podré hacer todo lo que yo deseo? Cuando miramos una situación de acuerdo a nuestra propia prudencia estamos en grave riesgo de salir de la casa del padre, es decir, de su perfecta voluntad.

Hay algo cierto. Muchas veces no sabemos porque suceden en la casa del Padre cosas que no entendemos, o más aun, situaciones que consideremos como injusticias.

Podemos decir en aras de la justicia ¿Cómo en la casa del Padre suceden estas cosas? O ¿Cómo se hará esto que es injusto? El hijo pródigo pensaba eso, y eso lo llevó a salir de la casa del Padre. Pero entender algo, no debe ser prerrequisito para obedecer. Dios quiere formar nuestra obediencia sin condiciones.

¿Qué sucedería si para obedecer en la casa del padre, las órdenes tienen que estar en el marco de la lógica, o ser justas, desde nuestro punto de vista?

–         No existiría un Abraham como padre de la fe, ya que Dios le pidió que diera muerte a su hijo Isaac. Si Abraham hubiese actuado de acuerdo a la lógica debería haber dicho “¿Cómo un Dios justo, me pide que realice acto tan despreciable? Hubiese cuestionado a Dios y salido de su propósito y gran plan para su vida

–         No existiría un José como segundo después de Faraón. Que mayor injusticia ser vendido por los propios hermanos. Y más aun, siendo mayordomo de un hogar, por ser fiel a Dios, me envían a la cárcel. José podría haber pensado: “por este sueño que me dio Dios y por ser fiel he padecido todo esto. No merezco tanto dolor. No entiendo. Haré mi propia voluntad”

–         No existiría un Jesús como salvador, ya que fue el mismo Padre celestial quien le pidió que viniera a la tierra, y llevar el pecado del mundo en sus lomos. Jesús podría pensar “¿Cómo un padre bueno me dice que su sueño en la tierra para mi está en que yo muera y sufra padecimientos, por un grupo de gente desobediente?

El Padre está buscando en nosotros fidelidad y obediencia. No busca grandes sacrificios nuestros. El está buscando nuestra obediencia. Y si padecemos a veces en la casa del Padre, no está fuera de su voluntad.

“Y aunque era Hijo, por lo que padeció aprendió la obediencia” (Heb 5:8)

Jesús, nunca ha perdido su condición de Hijo. Siempre ha estado en la casa del Padre, sin embargo padeció para…aprender obediencia.

Por lo tanto, no hay argumentos para salir de la casa del Padre. En su casa está la provisión, el amor que necesitamos.

Niños otra vez

18…17…16…15…14…13…12…11 años. Niñez. Volvamos a ser esos niños que sólo dependen de su Padre. Que no tienen temor de habitar en la casa de papá, porque saben que todas sus necesidades son suplidas. Por esto Cristo nos dijo que nos hiciéramos como niños De hecho, Jesús, con todas su fama, con toda su gloria, con todo su poder, nunca hizo nada que no le agradara al Padre. Jesús, teniendo libre voluntad para hacer lo que El deseará, decidió obedecer en todo al Padre. ¡Qué paradoja para nuestro siglo XXI¡ El joven de 30 años, que marcó la historia, que tenía todo el poder en la tierra, toda la fama, el conocimiento como gran intelectual, una influencia mediática sin igual, nunca hizo nada sin preguntarle a su papá. Nunca decidió vivir independiente de su Padre. Siempre oraba buscando el rostro de su Padre buscando agradarle y hacer su voluntad. Resuenan en mi interior las frases de Jesús, “Padre, si es posible pasa de mi esta copa, pero no se haga ni voluntad”

La gran declaración de libertad es: No se haga mi voluntad.

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