La Sangre y la Cruz: Tratamiento contra los pecados y el pecado (parte i)

¿Cómo enfrentar los efectos de los pecados que hemos cometido? ¿Por qué muchas veces caemos en el círculo vicioso de pecar, pedir perdón por los pecados y nuevamente volver a pecar? ¿Existe alguna cura contra esto? A través de los siguientes dos temas queremos dar respuesta a cada una de estas interrogantes que influyen profundamente en nuestras vidas como cristianos.

Como seres humanos descendientes de Adán tenemos un doble problema: con los pecados y con el pecado. Aunque fonéticamente se oyen similarmente, son diferentes. Los pecados son acciones que podemos enumerar, plurales, mientras que el pecado, en singular, es un principio dentro de mi. No importa cuántos pecados pueda cometer, siempre son producidos por el mismo principio. Los pecados necesitan el perdón, el pecado, liberación.

Cuando comenzamos en la vida espiritual y la luz de Dios penetra en nuestro ser pedimos perdón porque reconocemos que hemos cometido pecado, pero una vez recibido el perdón de los pecados (plural), descubrimos algo, el pecado (singular). Nos damos cuenta que no sólo hemos cometido pecado delante de Dios, sino que hay “un defecto de fábrica”, una inclinación interior a pecar, un poder que nos lleva al pecado. Cuando este poder nos vence, cometemos pecados. Es así como caemos en un círculo vicioso: cometemos pecados, pedimos perdón y volvemos a cometer pecados. Por esto necesitamos liberación. Necesitamos perdón por lo que hemos hecho, pero necesitamos liberación de lo que somos.

El remedio que Dios ha provisto es Su Sangre para perdón de pecados y la Cruz para la liberación de nuestra naturaleza. En esta publicación analizaremos el problema de los pecados, para en el próximo analizar el problema del pecado.

El problema de nuestros pecados

“…pero Dios mostró el gran amor que nos tiene al enviar a Cristo a morir por nosotros cuando todavía éramos pecadores. Entonces, como se nos declaró justos a los ojos de Dios por la sangre de Cristo, con toda seguridad él nos salvará de la condenación de Dios.” (Romanos 5.8-9 NTV)

“… Sin embargo, con una bondad que no merecemos, Dios nos declara justos por medio de Cristo Jesús, quien nos liberó del castigo de nuestros pecados. Pues Dios ofreció a Jesús como el sacrificio por el pecado. Las personas son declaradas justas a los ojos de Dios cuando creen que Jesús sacrificó su vida al derramar su sangre. Ese sacrificio muestra que Dios actuó con justicia cuando se contuvo y no castigó a los que pecaron en el pasado…” (Romanos 3.24-25)

Cuando vino el pecado, encontró expresión en un acto de desobediencia a Dios. Como consecuencia inmediata aparece en nosotros la conciencia de culpa. El pecado entra como desobediencia para separarnos de la comunión con Dios. El pecado se transforma en una barrera que da lugar a un sentido de culpa y alejamiento de Dios. Este pecado provee a Satanás su motivo de acusación en nuestros corazones. Por lo tanto, para redimirnos y volvernos al propósito original de Dios, el Señor Jesús debía tratar con: el pecado, la conciencia de culpa y la acusación satánica contra nosotros. Todo esto fue tratado con la Sangre de Cristo. Por lo mismo la Sangre opera en tres direcciones: hacia Dios, hacia nosotros y hacia Satanás.

  1. La Sangre hacia Dios. La Sangre es para borrar nuestros pecados. Necesitamos perdón de ellos para no caer bajo juicio, y son perdonados no porque Dios los pase por alto, sino porque El ve la Sangre. Podemos entender el valor de la Sangre poniendo nuestros ojos en Levítico 16. Israel celebraba la fiesta de la expiación, en la cual solamente el sumo sacerdote entraba en el lugar santísimo, y derramaba la sangre de un cordero delante del altar. No venía a entregar nada más que la sangre del cordero. Ningún otro acto era válido. El sumo sacerdote es símbolo de Cristo, el único quien puede entrar con Su Sangre y borrar nuestros pecados ante Dios. Sólo Jesús (el Sumo Sacerdote) puede hacer la obra. La Santidad de Dios, Su justicia demanda que una vida sin pecado sea sacrificada en beneficio del hombre. Hay vida en la Sangre, y ella fue derramada por mi y por mis pecados. Dios es quien demandan que la Sangre sea presentada para satisfacer su propia justicia. La Sangre de Cristo satisface perfectamente a Dios.
  2. La Sangre hacia mi. El gran valor que tiene la Sangre hacia nosotros es la limpieza de nuestra conciencia. “…entremos directamente a la presencia de Dios con corazón sincero y con plena confianza en él. Pues nuestra conciencia culpable ha sido rociada con la sangre de Cristo a fin de purificarnos, y nuestro cuerpo ha sido lavado con agua pura”. (Hebreos 10.22). Algo intervenía entre yo y Dios, y como resultado tenía mala conciencia cuando me acercaba a El, pero ahora por la operación de la Sangre ha sido quitada aquella barrera. Cuando creo esto mi conciencia es aliviada y mi sentido de culpa quitado. Un corazón de fe y una conciencia libre de cualquier acusación son esenciales, ya que cuando encontramos nuestra conciencia intranquila nuestra fe se debilita y sentimos que no podemos mirar a Dios cara a cara. Es necesario preguntarnos ¿Estoy buscando la entrada a Dios mediante la Sangre o algún otro método? A veces caemos en la tentación de pensar “hoy he sido mas cuidados, he estado obrando bien, he leído la Biblia y orado así que puedo entrar mejor”. O por otro lado “hoy he pecado, he estado desanimado, triste. Parece que algo anda mal y no me puedo acercar a Dios” Pero debemos entender que la base de nuestro acercamiento a Dios es la Sangre de Cristo. Su poder nunca cambia
  3. La Sangre hacia el acusador. La actividad estratégica del enemigo es la acusación (Ap 12.10). Debemos recordar que la Sangre de Jesucristo nos limpia de todo pecado (1 Jn 1.7). Más de alguno de nosotros hemos sido tentados a pensar que hay pecados casi imperdonables. Pero debemos creer que la Sangre de Jesús nos limpia de todo pecado, sean grandes o chicos. Ya que Dios viendo nuestros pecados y perdonándolos en base a Su Sangre ¿qué terreno de acusación tiene Satanás?. Dios le indica la Sangre de Su Hijo. Es la respuesta ante la cual el enemigo no tiene apelación. Entonces ¿Cuál debe ser nuestra actitud hacia Satanás? El nos acusa en nuestras conciencias diciendo “tu has pecado y sigues pecando. Eres débil y Dios no puede hacer más contigo” Este es su argumento y nuestra tentación es de mirar adentro y en defensa propia tratar de encontrar en nosotros mismos, en nuestros sentimientos o comportamiento algún terreno para demostrarle al enemigo que está equivocado. o caemos en desesperación al creer en sus mentiras. En la práctica sus ataques son efectivos porque aun tenemos la esperanza de tener alguna justicia propia en nosotros mismos. La base de esta esperanza está errada. Nuestra salvación se encuentra en poner la vista en el Señor Jesús y ver que la Sangre del Cordero ha afrontado toda situación creada por nuestros pecados y la ha contestado. ¡Nunca debemos procurar contesta a Satanás con nuestra buena conducta, sino siempre con la Sangre¡ Nuestra fe en la preciosa Sangre y nuestra negación a ser mudados de aquella posición es lo único que puede silenciar sus acusaciones y derrotarlo.

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