La cruz…la gran revolución.

El reino de este mundo no es el reino de Dios. Dios deseaba en su corazón un sistema mundial (un universo de su creación), cuya cabeza sería Cristo Su Hijo (Col 1.16-17). Pero Satanás, obrando por medio del hombre carnal, ha instaurado un sistema opuesto conocido en como “este mundo”, un sistema en el cual nosotros estamos implicados y que Satanás mismo domina. De hecho el ha llegado a ser “el príncipe de este mundo” (Juan 12.31)

Dos creaciones

Así la primera creación, bajo el poder de Satanás ha venido a ser la antigua creación. Dios está introduciendo una nueva creación, un nuevo reino y un nuevo mundo, y nada de aquella antigua creación, el antiguo reino o el antiguo mundo puede transferirse o ser transferido al nuevo. Ahora, existen dos reinos rivales, y cada uno de nosotros pertenecemos a uno de estos. Para poder introducirnos en esta nueva esfera, Dios debe hacer algo nuevo en nosotros: debe hacernos “creación nueva“- A menos que seamos hechos de nuevo nunca podremos ser aptos para participar en este nuevo reinado. “Lo que es nacido de la carne, carne es” (Jn 3.6), y “la carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios” (Juan 3.6; 1 Corintios 15.50). A pesar de la educación, cultura o entrenamiento, todavía es carne. Nuestra aptitud para el nuevo reino es determinada por la creación a la cual pertenecemos. ¿Pertenecemos a la antigua creación o a la nueva? ¿Somos nacidos de la carne o del Espíritu? Nuestra aptitud para este nuevo reino al final depende sobre la cuestión de origen. La cuestión no es entre lo bueno y lo malo, sino entre la carne o el espíritu (…)”lo que es nacido de la carne, carne es” y nunca será otra cosa. Aquello que es de la antigua creación jamás podrá entrar en el nuevo reino.

Una vez que veamos a fondo lo que Dios busca, entonces veremos claramente que jamás podremos introducir nada del antiguo reino en el nuevo. Dios ansiaba poseernos para si mismo, pero El no podía introducirnos en nuestra condición en aquello que El había propuesto; así que primeramente nos eliminó por la cruz de Cristo y luego por la resurrección nos proveyó de una nueva vida. Siendo ahora una nueva creación (2 Corintios 5.17), con una nueva naturaleza, nuevas facultades, podremos entrar en este nuevo reino y el nuevo mundo. La cruz fue el medio que Dios usó para ponernos completamente a un lado y la resurrección el que usó para impartirnos todo lo necesario para nuestra vida en la nueva esfera. (Romanos 6.4).

Liberación de la vieja vida

Tenemos ahora ante nosotros dos mundos, el antiguo y el nuevo. En el antiguo, Satanás tiene el dominio absoluto. Puedes ser un buen hombre en la antigua creación, pero mientras pertenezcas allí estás bajo pena de muerte, porque nada de la antigua creación puede pasar a la nueva. La cruz de Cristo es la declaración de Dios de que todo lo que es de la antigua creación debe morir. Nada del primer Adán puede pasar más allá de la cruz; todo termina allí. Dios encerró en su Hijo todo lo que fue Adán y lo crucificó; así en El todo lo que fue de Adán se eliminó.

Resurrección para una nueva vida

si fuimos plantados juntamente con El a la semejanza de su muerte, así también lo seremos en la de su resurrección” (Romanos 6.5)

La resurrección es enteramente diferente. Soy bautizado en su muerte, pero no entro en su resurrección exactamente de la misma manera, pues su resurrección entra en mi dándome una nueva vida. La muerte del Señor es “yo en Cristo”; la resurrección es “Cristo en mi”. ¿Cómo es posible para Cristo comunicarme su vida de resurrección? ¿Cómo puedo recibir esta nueva vida? En Romanos 6.5, Pablo contesta esta pregunta con una buena ilustración: la palabra “plantados juntamente” son, en el griego una palabra: injertados; y tenemos aquí un muy hermosos cuadro de la vida de Cristo que nos es impartida por medio de la resurrección

¿Cómo funciona el proceso del injerto? Veamos el relato de un agricultor: “Cuando un árbol ha crecido hasta cierta altura lo corto y entonces lo injerto” “¿ve usted ese árbol? Yo lo llamó el árbol padre, porque todos los demás árboles son injertados en ése. Si los otros árboles fueran dejados para seguir el curso de la naturaleza, su fruto sería muy pequeño y consistiría mayormente de cáscara gruesa y semillas. Este árbol, del cual son injertados, carga una fruta saborea, del tamaño de una ciruela, con cáscara muy delgada y semillas diminutas” ¿Y como sucede esto? “Sencillamente tomo un poco de la naturaleza de un árbol y la transfiero al otro, hago un corte en el árbol pobre e inserto un brote del árbol bueno, entonces lo ato y lo dejo crecer”

¿Cómo puede un árbol llevar fruto de otro? ¿Cómo puede un árbol viejo cargar fruto nuevo, y un árbol pobre cargar fruto bueno? Por el injerto. Entonces, si un hombre puede injertar una rama de un árbol en otro ¿no podrá Dios injertar la vida de su Hijo en nosotros? De la misma forma que como veíamos en las palabras del agricultor, hay solo una vida fructífera en este mundo, y ha sido injertada en millones de otras vidas. A esto lo llamamos “el nuevo nacimiento”: es la recepción de una vida que no poseíamos antes. No es que mi vida haya sido cambiada en ninguna manera; es otra vida completamente nueva y completamente divina, que ha venido a ser nuestra.

Dios ha eliminado la antigua creación por la cruz de su Hijo, y mi bautismo es mi reconocimiento de aquel hecho. La vida cristiana es por fe en la Cruz de Cristo. Pero ¿Qué es la fe? La fe es mi aceptación del hecho de Dios. La fe siempre se relaciona a lo pasado; cualquier cosa que se relaciona con el futuro no es fe, es esperanza. En la versión moderna de la Biblia se explica la naturaleza de la fe de esta forma “Todo cuanto pidiereis en la oración, creed que lo recibisteis ya y lo tendréis”. Si creéis que ya recibisteis vuestros pedidos entonces los tendréis. El creer que recibiréis algo o que pudierais recibirlo o aun que lo recibiréis no es fe. Esto es fe: creer que ya recibisteis. Así que sólo lo que se relaciona con el pasado es verdadera fe. Aquellos que dicen “Dios puede hacerlo” o “Dios debe hacerlo” o aun “Dios lo hará” no ejercen necesariamente la fe. La fe siempre dice: “Dios lo ha hecho”.

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