Descubriendo un reino

Imperios, reyes, señoríos, súbditos, poder, príncipes, herederos, coronas, tronos, batallas…todos estos conceptos nos dan inicialmente la idea de estar hablando de una buena novela de época como “Los Pilares de la Tierra” de Ken Follet. Pero qué pasaría si te dijera que con estas palabras nos estamos refiriendo los principales temas que son mencionados frecuentemente en la Biblia. Desde Génesis, cuando Abram sale al rescate de Lot, y se encuentra con el Rey de Salem, pasando por los distintos reyes de Israel y las naciones enemigas; o cuando Israel es llevada cautiva y la Biblia nos muestra el Imperio de Babilonia con Nabucodonosor. O cuando vemos el Nuevo Testamento, la vida del Señor Jesús y los apóstoles se desenvuelve en medio de un reino, del imperio Romano: Pilatos y Herodes de hecho son parte de este imperio. Cuántas veces el Señor Jesús habló sus parábolas diciendo “El reino de los cielos es semejante a ….”. De hecho, el mismo término que Jesús ocupa para denominar a sus doce apóstoles (apostolos) es sacado del lenguaje imperial. Finalmente en el Apocalipsis terminamos con un trono que es ocupado por nuestro Señor Jesucristo, y diferentes batallas y ejércitos.

Quizás seas de los que nunca había apreciado esto con detención. Y esto puede suceder porque durante muchos siglos hemos venido entendiendo la Biblia como un libro que nos enseña  vivir mejor moralmente, cómo tener una buena vida cristiana, una buena vida familiar, financiera. Y esto en parte está bien, porque la Biblia sí nos enseña esto. Pero este no es el tema central de la Voluntad de Dios. La voluntad de Dios está más relacionada con el establecimiento de un reino, que con el establecimiento de una religión o sistema de vida moral.

Tu puedes replicar y decir “Bueno, pero esto solo es tema de matices y énfasis al leer la Biblia”. Hay ministerios que enfatizan la liberación, hay otros que enfatizan las células, otros la adoración. Sin embargo esto es mucho más complejo. Como seres humanos nuestra mente almacena la gran cantidad de información que hay en nuestro cerebro en torno a grandes estructuras conceptuales, que ordenan toda esa información para darle un sentido (Si te interesa este tema puedes leer a Daniel Kahneman en su libro “Thinking Fast and Slow”). Y estas estructuras mentales con las que conocemos, hace un tiempo atrás un historiador de las ciencias, Thomas Kuhn, les dio el nombre de “paradigmas“. Y en función de estas estructuras, con sus fines, lógicas y creencias, interpretamos la realidad. Es como si tuvieras unos lentes con un cristal verde, todo lo que te rodea lo verías de color verde; y si cambia el cristal a color azul, todo lo verás azul.

A modo de ejemplo, recordemos cuando los profesores en nuestra educación inicial nos señalaban que por mucho tiempo la gente creía que la tierra era plana, y las rutas navieras se construían en base a esas creencias. Y de hecho en función de esas historias, existía la creencia que la Tierra se sostenía en una gran cantidad de animales unos parados sobre los otros para sostenerla. Hasta que llegó un navegante de apellido Colón que desafió esta creencia iniciando un viaje hacia ese lugar donde supuestamente había un gran abismo. Lo grave de esto es que como seres humanos intentamos explicar las cosas de acuerdo a nuestro modelo, y podemos caer en graves errores, voluntaria o involuntariamente. Todas las cosas queremos explicarlas con nuestros modelos

El problema en extremo grave viene cuando hay cosas que de ninguna forma calzan con lo que nosotros creemos que es lo real, y donde tenemos dos opciones: mantener nuestro paradigma por sobre todas las cosas, o renovar nuestra manera de pensar, desechando la estructura mental anterior y buscar una nueva. A este fenómeno de cambio de paradigma Kuhn le llamó una “revolución científica”, porque producía un cambio radical en los supuestos que sustentaban cierta disciplina. La Biblia le da otro nombre: arrepentimiento.

La palabra arrepentimiento, en su origen etimológico quiere decir “cambio de mentalidad”. Lo interesante, es que cuando comienza el Nuevo Testamento, tanto Juan el Bautista como nuestro Señor Jesucristo, fueron las primeras personas registradas en utilizar esta palabra. Pero luego de hablar del arrepentimiento inmediatamente lo asociaron a otro concepto: “el Reino de Dios”. Juan el Bautista decía “Arrepentíos, porque el Reino de los Cielos se ha acercado” (Mt 3.2), y nuestro Señor también declaraba “Arrepentíos, porque el Reino de los Cielos se ha acercado” (Mt 4.17). En otras palabras, estaban diciendo, renueva tu mente, bota tus paradigmas porque un nuevo reino ha venido.

Y aquí viene el centro de lo que venimos hablando ¿Qué evangelio creo yo? Quizás la gran mayoría de los cristianos podrían describir la voluntad de Dios de la siguiente manera:

Dios creó al ser humano a su imagen y semejanza. Lo puso en el huerto para que labrase la tierra, pero el ser humano cedió a la tentación del diablo, pecando, por lo cual murió. Pero Dios en su infinita misericordia envió a su Único Hijo, Jesús para rescatar al hombre caído, muriendo en la cruz del calvario, derramando toda su sangre. Por este sacrificio ahora podemos ser salvos. Y después que muramos (si no nos vamos antes en el rapto), viviremos en el cielo junto con Jesús adorándole por la eternidad junto a los ángeles.

Al leerlo inicialmente es probable que no veas nada incorrecto. Y de hecho, gran parte de lo que está escrito es correcto. Pero cuando empiezas a leerlo detenidamente, podrás percatarte que el propósito de este relato es la salvación del hombre. O sea, que el centro de la voluntad de Dios revelada en la Biblia es la salvación del ser humano. O sea, Dios centrado en el hombre….??? Dios moviendo el cielo y la tierra para salvar al hombre pecador. Es lo que podríamos denominar un “evangelio de salvación”. Pero el hombre NO es el centro de la voluntad de Dios. El Apóstol Pablo señaló

Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de él y para él. Y él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten; (Colosenses 1.16-17)

La salvación del ser humano es parte de la voluntad de Dios, pero el centro de Su voluntad siempre tiene que ver con Su Hijo. Si no vemos estos no podremos conocer la verdad. Podríamos decirlo en términos más contemporáneos: es una verdad a medias.

Si la Palabra nos dice que todo es para Jesús y el es el centro de todo, tengo dos opciones para mis creencias: (1) Leer Colosenses 1.16-17 y decir “que bonito versículo”, pero guardarlo y seguir con mis mismas creencias, o (2) Decir “acá hay algo más, algo que no estoy viendo pero quiero descubrir, renovando mi forma anterior de pensar”. Si tomamos la segunda opción podremos entrar a descubrir el propósito de la Voluntad de Dios, la imagen total. La salvación del hombre claro que es un tema importante, pero es un subtema: el tema central es el establecimiento del Reino de Dios.

En las siguientes publicaciones veremos desde una mirada general cuál es la Voluntad de Dios, cómo esta centrada absolutamente en su Hijo Jesús, y como la salvación nuestra tiene cabida en esta Voluntad.

 

 

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